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updated 8:49 PM UTC, Jun 1, 2017
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Martes, 23 Enero 2018 00:00

Los riesgos de la palma de cera del Quindío

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Pese a que es el árbol nacional, lo más posible es que esta planta desaparezca del famoso valle del Cocora en unas décadas si las autoridades no inician su reemplazo.

En los últimos meses se ha desatado en Colombia una gran polémica en torno al valle de Cocora, en el Quindío, uno de los paisajes más emblemáticos del país. El motivo de la controversia es el establecimiento de plantaciones de aguacate hass en los célebres potreros en los que sobrevive la palma de cera del Quindío, Ceroxylon quindiuense, nuestro árbol nacional.

Como nos sucede a menudo a los colombianos, también en este caso estamos buscando la fiebre en las sábanas. El problema no es si la palma de cera está mejor en potreros de kikuyo o en medio de árboles de aguacate hass: ella sobrevive bien en cualquiera de los dos ambientes, aunque ninguno de ellos constituye su hábitat natural. El verdadero problema es que las palmas de Cocora no están dejando descendencia, pues aunque florecen y fructifican con regularidad, las pequeñas plántulas que nacen en los potreros son consumidas por el ganado, y aquellas que sobreviven al pastoreo no toleran la exposición directa al sol y mueren. Igual que morirán en los cultivos de aguacate.

En un artículo publicado en 2013 en la revista Colombia Forestal, mi colega María José Sanín y yo mostramos con una secuencia fotográfica cómo en los 24 años transcurridos entre 1988 y 2012, el 20 % de las palmas que crecen en los potreros de Cocora habían muerto. Y advertimos, con cifras, conociendo la edad de las palmas que sobreviven y sus tasas de crecimiento, que para el año 2060 habrán muerto de viejas la mayor parte de las palmas que constituyen el atractivo de este lugar. Para finales de siglo no quedará ni una sola palma en pie en los potreros de Cocora.

Ante esta situación, la acción obvia que hay que tomar, si se desea preservar el atractivo de Cocora, es sembrar nuevas palmas que reemplacen a las que quedan y a las que han muerto en las últimas décadas, para devolver al paisaje el esplendor que lo hizo célebre. Con este fin, desde el Grupo de Investigación en Palmas Silvestres de la Universidad Nacional adelantamos en 2014 varias reuniones de concertación con los diversos actores de la zona, incluyendo la Corporación Autónoma Regional del Quindío (CRQ) y los propietarios de las fincas de Cocora, varios de los cuales son también dueños de los restaurantes de allí y, por tanto, los primeros beneficiados con el turismo alrededor de las palmas.

En esas reuniones, el Jardín Botánico del Quindío ofreció donar 200 palmas de un metro de altura, listas para sembrar en el terreno, en medio de las que están llegando al final de sus vidas. Lo único que se requería para garantizar su supervivencia era ponerle a cada palma un cerco de 3 x 3 m, para que el ganado no se comiera sus hojas. Sembrando 60 palmas por hectárea, que es una densidad mayor a la de los actuales palmares, los cercos de todas ellas ocuparían un área de apenas 540 metros cuadrados, es decir, el 5 % del área de cada potrero. El 95 % restante podía seguir funcionando como potrero. Ese era el comienzo del proceso.

Pues bien, esta generosa oferta no les pareció aceptable a los propietarios de las fincas (o al menos al propietario que decía representarlos a todos), argumentando que ya ellos destinaban mucha área de sus propiedades a la conservación y no estaban dispuestos a ceder ni un metro más. Ante esta negativa, la CRQ no hizo absolutamente nada y el proyecto debió abandonarse.

Tres años después, en junio de 2017, el Ministerio de Ambiente lanzó el programa La Ruta de la Palma de Cera, destinado a proteger esta especie en el valle de Cocora. ¿Qué es la ruta de la palma de cera? Quienes hemos estudiado las palmas por años ni siquiera sabíamos que existiese una “ruta de la palma de cera”. Existe, sí, un plan de conservación, manejo y uso sostenible de la palma de cera del Quindío, producido por las máximas autoridades en palmas en Colombia y publicado por el Ministerio mismo, en el que se detallan paso a paso las actividades que se deben desarrollar para conservar esta especie. Y no hay en ese documento nada que se parezca a una “ruta de la palma de cera”.

Pero aun así se destinaron $2.400 millones para la iniciativa. Hasta fines de 2017 se habían gastado ya $1.500 millones, sin que esté muy claro en qué se han invertido. En los potreros que constituyen el principal atractivo de Cocora, las palmas siguen muriendo de viejas una a una sin que se haya sembrado entre ellas ni una sola que las reemplace. Es decir, el Ministerio produce un documento diciendo lo que hay que hacer para salvar la palma de cera y, acto seguido, empieza a hacer algo diferente.

Mientras no haya reemplazo para las palmas de los potreros de Cocora, éstas seguirán muriendo de viejas una tras otra, ya sea en potreros o en medio de plantaciones de aguacate. Es verdad que si se reemplazan los potreros por cultivos de aguacate, las plántulas tendrán un poco menos de radiación solar y no tendrán la competencia con el ganado. Pero en cambio tendrán que vérselas con los herbicidas y las guadañas que se encargarán de mantener el cultivo de aguacate libre de malezas. Porque, triste es decirlo, un cultivador de aguacate mirará como maleza a cualquier otra planta que crezca dentro de su cultivo, así se trate del árbol nacional. De manera que no veo muchas esperanzas de que las plántulas de palma de cera puedan prosperar entre los frutales.

Así, señor ministro, autoridades ambientales del Quindío y queridos ambientalistas, lo que hay que hacer ya mismo es iniciar el proceso de reemplazo de las palmas viejas. Y esto no se consigue sembrando una palma al lado de un restaurante, sin ninguna protección para ella y frente a un enjambre de periodistas. Hay que sembrar palmas en los potreros (o en los cultivos de aguacate), por lo menos dos por cada palma adulta actual. Las nuevas palmas que se siembren deben tener el tamaño adecuado (al menos un metro de altura), se deben sembrar en los lugares donde se necesitan y se deben proteger contra el ganado o contra los cultivadores de aguacate.

Todo lo anterior alude sólo a la palma de cera, que ha sido el motivo del escándalo actual. No discutiré aquí el mayor o menor impacto ambiental que puedan tener el cultivo de aguacate y todos los plaguicidas a él asociados, frente a los potreros de kikuyo. En realidad, siendo el río Quindío la principal fuente de agua potable de ese departamento, todo el valle de Cocora merecería estar cubierto por bosque.

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