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El calentamiento global y su impacto en los ecosistemas es uno de los principales desafíos que enfrenta la humanidad, ya que compromete nada menos que la continuidad de la vida (1). La temperatura global del planeta aumentó 0,7 °C desde que se inició la era del carbón y la Segunda Revolución Industrial en 1850 y se espera una suba de 2 a 4°C hasta 2100 porque los cambios son dramáticos.
Las concentraciones atmosféricas de CO, metano (CH) y óxido nitroso (NO) han crecido notablemente por efecto de las actividades humanas desde 1750 y son actualmente muy superiores a los valores preindustriales. En particular, las emisiones de carbono (fósil) desde el año 1800 aumentaron en forma exponencial. Desde mediados de la primera mitad del siglo XX estas emisiones (por petróleo, carbón, gas y cemento) pasaron de un promedio de 1 gigantón/año a 7 en los 2000, un aumento de 600%.
En términos de emisiones de CO, mientras que los países comprometidos con el Protocolo de Kioto entre 1990 y 2007 disminuyeron sus emisiones en más de un 5%, la emisión de países sin compromiso aumentó más de un 50%, o sea que la variación es 11 veces mayor en el segundo grupo que en el primero. Más aún, el aumento de la emisión de los países sin compromiso es casi tan importante como todas las emisiones de los países comprometidos juntos (2).
La presencia de algunos elementos contaminantes, como los gases de efecto invernadero (GEI) en la atmósfera, no es reversible en el corto o mediano plazo y ni siquiera en el largo plazo. El NO puede permanecer en la atmósfera terrestre más de 100 años, el hidrofluorocarbono más de 250 años y el tetrafluormetano hasta 50 mil años según algunos estudios.
Recientemente, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático divulgó una de las conclusiones del informe 2013: el calentamiento global es indiscutible y la influencia humana en el clima es clara en la mayoría de las regiones del planeta (cita de M. Barreiro, Informe de IPCC, feb. /14).
Un aumento de 1,5°C tendría consecuencias devastadoras: se estima que se podrían extinguir hasta un 30% de las especies, crecerían las enfermedades contagiosas, se perderían tierras y poblaciones, aumentarían las sequías, inundaciones y los eventos climáticos extremos y los desplazados podrían pasar de 60 a 120 millones (Dr. Vicente Barros, Doctor en Meteorología e integrante del IPCC). Una investigación realizada en 2012 por la Universidad de Michigan llevó a algunos científicos a sostener incluso que el oxígeno se está agotando a un ritmo alarmante, poniendo en peligro varios ecosistemas. Nos podrían quedar solo 80 años de oxígeno y por más exageradas que resulten estas estimaciones, ¿quién sensatamente querrá correr de esos riesgos?
VERGÜENZA AJENA.
Aún no hay soluciones pero antecedentes sobran. En la Conferencia de Cambio Climático de ONU en Copenhague de diciembre de 2009, Obama señaló que la amenaza del cambio climático es seria, urgente y agregó que nuestra prosperidad, salud, seguridad están en peligro y se acaba el tiempo para revertir esta tendencia. Se atrevió a decir que los países desarrollados que han causado tanto daño tienen la responsabilidad de liderar y los países en desarrollo poner su parte. Hu Jintao anunció que su país intentaría la reducción de emisiones de CO por unidad de PIB para 2020 con respecto al nivel de 2005.
Los países del G8 acordaron para julio de 2009, limitar el aumento de la temperatura a 2ºC con respecto a los niveles preindustriales, pero un centenar de naciones en desarrollo reclamaron un límite de 1,5ºC.
En Cancún en diciembre de 2010, se consiguió un acuerdo que incluyó 193 países (también Japón, Estados Unidos y China) aplazando para 2011 la decisión de un nuevo acuerdo para sustituir al Protocolo de Kioto (fin de 2012), reconociendo los compromisos voluntarios de reducción de emisión de GEI que los países enviaron a ONU a partir de Copenhague. También se llegó a un acuerdo para reducir la deforestación.
Los acuerdos de limitación de emisiones de GEI después de 2012 (post Kioto) quedaron condicionados al avance de la negociación con Estados Unidos y China, que no admiten limitaciones. El acuerdo reconoce la gravedad del calentamiento global y plantea limitarlo a 2 grados admitiendo que una futura negociación podría limitarlo a 1,5 grados.
En Doha en 2012, se concluyó en el camino de la postergación del compromiso del Protocolo de Kioto hasta 2020; sin embargo, los países más contaminantes, Estados Unidos, China, Rusia, Japón y Canadá, no se avinieron al planteo.
Finalmente, la Conferencia de Varsovia de noviembre de 2013 tenía el objetivo de acercar posiciones para la firma de un acuerdo que permitiera reducir las emisiones contaminantes a más tardar en 2015, a pesar de la oposición de algunos países. Un nuevo informe de la ONU explicitó que el hombre es finalmente la causa dominante del calentamiento global desde mediados del siglo XX y que éste se percibe nítidamente en la Tierra, atmósfera y océanos; por lo tanto se exhorta a un Acuerdo para reducir las emisiones más contaminantes. Palabras sobran.
NUBE NEGRA.
Uruguay, por estructura productiva y geografía, tiene una realidad similar a la de Argentina y en este caso la huella de carbono que surge de estimar el rastro que dejan las emisiones originadas por la generación de energía, el transporte, la alimentación, los hábitos de consumo y otros se ubica en casi 6 ton./habitante/año, superior al promedio mundial (4) e inferior a países como Reino Unido (12) y Estados Unidos (20). Destaca que la cría de ganado figura junto a la deforestación entre las actividades con mayor emisión de GEI; el gas metano liberado en este caso, tiene un poder para atrapar el calor de la atmósfera veinte veces superior al CO.
En el caso de Uruguay existe mucha controversia sobre los resultados de distintas mediciones objetivas, sea de relevamientos físicos, por satélite u otros pero, en cualquier caso, se sigue subestimando el problema medio ambiental por nuestra generosa geografía y la abundancia relativa de recursos, todo lo cual no nos exime de enormes desafíos, tan importantes como los que tienen países como Argentina y México.
“Un ómnibus arranca, una nube de humo negro, denso y oscuro, invade todo, voy atrás de un Copsa (el tránsito a paso de hombre) entra a mis pulmones pero, peor, también a los de mi hijo, que no cumplió el mes” (crónicas de Sebastián Cabrera en el suplemento Qué Pasa de El País, febrero de 2014). Por desgracia, éste no es un caso aislado, todos los ómnibus emiten gases contaminantes en calles y rutas.
La conciencia colectiva es más ciega en situaciones extremas por la dilución de la responsabilidad, por la complejidad de interpretación y, en el caso del medio ambiente, por la incapacidad para definir normas de convivencia y aplicarlas. En el otro extremo, algunas colectividades y sociedades logran alcanzar un nivel de conciencia colectiva que les permite encontrar soluciones que hoy la tecnología pone al alcance de la mano. Por ejemplo, en Noruega se pasó de menos de 200 vehículos eléctricos registrados en 2004 a cerca de 11.000 el año 2013.
Uruguay, con más de un 1,6 millones de vehículos (2 habitantes/vehículo) no puede permitirse el lujo de tener un transporte colectivo que emplea combustible fósil para circular a velocidades poco mayores a las de un peatón en ciertas zonas y horarios. Tan bajas que son un atentado contra la salud, la convivencia y el planeta.
Es momento de poner foco en la contaminación del medio ambiente desde una actitud más proactiva para prevenir amenazas a la calidad de vida, la salud, la actividad productiva pero, también, contribuir con la cuota parte que nos cabe a la solución de problemas globales que ya nos están afectando a todos.
(1) Fuente: IPCC Panel Intergubernamental de Cambio Climático
(2) Fuente: Agencia Internacional de la Energía
FUENTE:http://www.elpais.com.uy/